La mitad del cielo

Hace algunos años encontré en una tienda de recuerdos de Vietnam la fotografía en blanco y negro de una miliciana del Vietcong. Me dijeron que se llamaba Vo Thi Mo y que vivía en una aldea cercana. Me recibió en su casa tumbada en una cama de opio y acariciando un gato siamés. Convertida en una afable jubilada, no quedaba en ella rastro de la feroz guerrillera que tres décadas antes había abatido a más soldados que nadie al frente del Batallón C3 de las tropas comunistas.

Vo Thi Mo me contó que al principio los hombres no dejaban a las mujeres ir al frente. Decían que no servían ni para orinar por encima de la hierba, difícilmente para ayudar a derrotar a la primera potencia militar del mundo. Con el tiempo, demostrada su valía y vivida la guerra en toda su crudeza, serían ellas las que perderían el interés en matar por la patria. Vo Thi Mo me contó el día en que todo perdió sentido para ella: su patrulla se había encontrado con un grupo de marines descansando en mitad de la jungla y, agazapada tras unos arbustos, los apuntó con su AK­47, lista para disparar. En ese momento los soldados rompieron a llorar mientras leían en alto las últimas cartas que sus familias les habían enviado desde Estados Unidos. «No pude apretar el gatillo», me dijo Vo Thi Mo. «Por primera vez les vi como a personas». Unos meses después, la miliciana se encontró con un viejo amor, se casó y se quedó embarazada, dejando las armas para siempre: «Dar vida me pareció más natural que quitarla».

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El país de la meritocracia menguante

En el apogeo de la España incompetente, cuando el Gobierno de Rodríguez Zapatero vaticinaba allá por 2010 el final de una crisis que sigue con nosotros, Leire Pajín definió la meritocracia española con aquella frase en la que dijo que como ministra nombraba a quién le salía “de los cojones”. En su caso se trataba de promocionar a una amiga para dirigir el Plan Nacional sobre Drogas, pero podría haberla puesto al frente de una misión a Marte y tampoco se habría sentido obligada a explicar las aptitudes de su candidata.

De las muchas indignidades que viene padeciendo el contribuyente español, quizá ninguna sea más irritante que la de ver cómo sus impuestos sostienen una gigantesca agencia de colocación que permite a miles de políticos mamar del sistema. La mayoría no están preparados para ocupar sus cargos, ni falta que hace: en la meritocracia menguante que es España exigimos inglés al camarero de la Costa del Sol, pero no al presidente del país que debe representarnos por el mundo; comprensión lectora a un auxiliar de enfermería pero no al concejal de cultura; experiencia en gestión al corredor de seguros y no a la alcaldesa de una ciudad de cinco millones de habitantes.

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Silbatos de fogueo

En un palco donde estaban los dirigentes de un Gobierno autonómico decadente y el vicepresidente español de una FIFA enfangada por el escándalo, la pitada se la llevó un rey que apenas ha cumplido un año en el trono y al que no se le conoce mancha. Cualquiera diría que es a Felipe VI a quien han descubierto fortunas en Andorra o amañando la elección de Mundiales de fútbol. Una pitada más coherente habría ido dirigida a esa casta política que cada vez que pide a los catalanes que miren a otro lado –Espanya ens roba-, aprovecha para birlarles la cartera.

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Periodismo, nada más

El día que llegué a EL MUNDO tras ser nombrado su nuevo director tuve problemas para que me dejaran entrar. Había olvidado mi DNI y los guardias de seguridad no me ponían cara, tras años trabajando lejos de la redacción, desde Kabul, Pekín o Ulan Bator. Pensé en pavonearme cual político -“no sabe usted con quién está hablando”- y jurar que efectivamente era el nuevo director, pero habrían llamado a los servicios sociales. Al contarle la anécdota a mis compañeros, una vez superados los obstáculos de acceso, les dije lo bueno que sería que en adelante los guardias de seguridad me pararan cada día en la entrada para preguntarme quién soy. Y sobre todo, a qué vengo.

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Un simple periodista

Han pasado dos décadas desde que pisé por primera vez El Mundo como becario. Cuando vuelva al lugar donde empezó todo, en unas semanas, lo haré como su nuevo director. Nada de lo esencial habrá cambiado: seguiré siendo un simple periodista, uno más en una redacción que ha pasado por momentos duros y ha demostrado una admirable determinación para superarlos. Mi etapa como director habrá sido un éxito si consigo estar a su altura.

Los últimos 17 años he vivido fuera de España, primero como corresponsal y durante el último año tratando de seguir aprendiendo en la Universidad de Harvard. Mis días como reportero, en las montañas de Afganistán o las ciudades arrasadas por el tsunami de Japón, en las barriadas pobres de Manila o las avenidas impolutas de Singapur, forjaron en mí una lealtad inquebrantable hacia las personas que me permitieron contar sus historias y los lectores con quienes las compartí. Mi etapa como director habrá sido un éxito si no olvido que mi lealtad primera debe estar siempre con ellos.

Haber desarrollado casi toda mi carrera fuera de España tiene sus inconvenientes, y requerirá de un rápido aprendizaje y el apoyo de mis compañeros, pero también conlleva una gran ventaja: no tengo ninguna afinidad especial por ningún partido político en España. No debo favores a nadie. Nadie me los debe a mí. Mi única agenda será la búsqueda de la verdad, la denuncia de la corrupción, la independencia de las instituciones, la regeneración de la democracia de España y la defensa del derecho de los ciudadanos a conocer cualquier información relevante para sus vidas. Mi etapa como director habrá sido un éxito si reúno el coraje periodístico para mantener ese compromiso.

Nos equivocaremos, sin duda, y pediremos disculpas por ello. Acertaremos, espero que a menudo, y aún así nos empeñaremos en mejorar. Buscaremos la noticia allí donde se encuentre y se la ofreceremos al lector, al oyente y al espectador a través de todos los canales y plataformas disponibles para que sea él quien elija cómo, cuándo y dónde quiere estar informado. Intentaremos adaptarnos a los cambios y aprovechar las inmensas oportunidades que nos ofrece la tecnología para llevar el mejor periodismo al mayor número de ciudadanos posible. Lo que no cambiaremos nunca serán nuestros principios periodísticos. Uno seguirá siendo, en un despacho de la Avenida de San Luis o en Kabul, un simple periodista que mantiene intacto el idealismo de aquel becario que creía que el periodismo puede ayudar a mejorar las cosas. 

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Morbo

Me llegó un enlace del vídeo del piloto jordano quemado vivo por el Estado Islámico. Horas antes había ofrecido en Twitter una opinión contraria a que los medios lo emitieran al considerar que no era información, sino propaganda terrorista. Ahora, sin haberlo buscado, me encontraba a un clic de caer en la incoherencia. Si el vídeo no aportaba nada informativamente, ¿por qué verlo? Le pedía a los medios que no cayeran en el morbo, pero me disponía a consumirlo.

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Un millón

Querido lector, esta que es su/tú página ha superado el millón de visitas. Es un número improbable para un medio de andar por casa, creado sin coste alguno, sostenido por este único empleado en sus ratos libres y una idea tan poco original como la de contar casi toda la verdad. Esto es, la mía.  Sigue leyendo

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