El tiempo no pasa por nuestra izquierda más resentida. Goza de inmejorable salud nuestra derecha más intolerante.

La izquierda incapaz de distinguir un preso político de un terrorista. La derecha incapaz de distinguir un conservador de un fascista.

La izquierda que se alegra de la muerte de un torero, en defensa de la vida. La derecha indiferente ante la muerte del refugiado, en defensa de una frontera.

La izquierda que cree que la disciplina en la escuela es de derechas. La derecha que cree que educar en la tolerancia al diferente es de izquierdas.

La izquierda que piensa que defender la unidad de tu país es de derechas. La derecha que piensa que respetar la diversidad de tu país es de izquierdas.

La izquierda que ve simpáticos a los dictadores, cuando son de izquierdas. La derecha que ve simpáticos a los dictadores, cuando son de derechas.  

La izquierda que sueña con replicar “paraísos” comunistas, sin citar uno que no se convirtiera en una cárcel del pensamiento único. La derecha que confunde liberalismo con un sistema amañado para que ganen los de siempre. Y ganan, vaya si ganan.

La izquierda que ve con sospecha a cualquiera al que le vayan bien las cosas. La derecha que sospecha de cualquiera al que le van mal.

La izquierda que dice ser la única voz del pueblo, incluso cuando éste no le vota. La derecha que cree que el pueblo es idiota, salvo cuando le vota.

La izquierda que ve un enemigo en el vecino de derechas. La derecha que ve un enemigo en el vecino de izquierdas.   

Hubo un tiempo en que parecía que habíamos dejado de tomárnoslas en serio, tan marginales, ridículas e insignificantes nos parecían nuestras dos Españas. Pero han vuelto, si es que alguna vez se fueron. Y otra vez nos piden, desde sus bobas trincheras, que tomemos partido. No escojas ninguna, y las dos te situarán en el bando contrario. Para ambas serás un adversario desleal. Si tan sólo supieran lo mucho que se parecen. En su mediocridad. En su sectarismo. En su cansina inmortalidad.